«Me llamaban la Agrado». Raúl Ortiz.

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Me llamaban “la agrado” porque toda la vida pretendí hacer la vida agradable a la gente.

De repente, un día reventé, lloraba sin consuelo y sólo sabia decirme: ¿Por qué me toca ésto a mí? Pensaba que no me lo merecía. Me sentía vulnerable, como un niño indefenso del que abusan sin consuelo. Era un incomprendido. Para eso me enseñaron, para agradar y ser modélico en todo.

Ese día que lloraba tanto, un gran amigo casi o más que un hermano, me soltó un número de teléfono y dinero. Me dijo: “llama y prueba. Las dos primeras sesiones te las regalo yo.” Fue el regalo más útil que me han podido hacer hasta el momento. Y llamé a Cristina. Y esa llamada ya me dejó la sensación de que, aquel agujero donde estaba lo iría tapando poco a poco hasta salir a la superficie.

Cuando íbamos profundizando en las sesiones, fui consciente de que nunca había hecho  nada por mí mismo y para mí mismo, nada que me gustara de verdad. No me daba cuenta de ello.

Todo lo exteriorizaba con ansiedad, malestar, no dormía, me levantaba irascible y terminaba por  meterme en mi zona de confort porque allí me sentía seguro.

Cristina poco a poco fue sacando lo peor de mi y lo mejor de mi. Lo peor, porque era lo que me frenaba en mi evolución. Lo mejor porque descubrí que tenía muchas facultades que jamás pensé que existían en mi ser.

Aprendí a que puedes ser capaz de agradar a los demás poniendo las limitaciones que te marques, sabiendo decir NO cuando lo consideres sin hacerte sentir mal.  Comencé a ser YO con total libertad, a no ser dependiente, a expresar lo que no me parecía bien a pesar de tener una discusión, ya que callaba por no tener el valor de discutir. Descubrí mi valía, a no centrar una imagen que los demás tuvieran de mi. Al fin y al cabo a considerarme una persona sin prejuicios, feliz y libre.

Esta evolución tuvo como consecuencia dejar en el camino a situaciones que no me dejaban avanzar, así que fui  vaciando la mochila que tanto pesaba y tanto daño me hacia hasta el punto de sentirme ligero como una pluma, y créanme, no hay oro en el mundo que pueda pagar esa sensación de libertad.

Ese camino, ese espejo se convertía cada sesión en una aventura. Como montar en una montaña rusa que lo mismo subía poco a poco, que se desplomaba hacia abajo en un segundo. Pero el final era placentero. Lo encabezaría como “me dejé vivir y ahora lo estoy disfrutando”.

Cuando se hace terapia se piensa que estas tarado. Pero, aprendes a marcarte objetivos, a saber que quieres hacer en la vida, a sentirte seguro. Algo importante para mi es ver la realidad tal como es y a no distorsionarla en tu cabeza. No siempre se consigue lo que uno quiere, y no por eso el mundo se acaba. A veces no se gana, pero se aprende.

Concluyo mi texto diciéndote Cristina, que has conseguido hacer brillar estrellas que por sí solas no sabían cómo hacerlo y yo soy una de ellas. Por eso simplemente ERES LUZ.

Te dije en su día que si hubiese nacido chica, me hubiese llamado Cristina quizá  son cosas del destino…

Gracias siempre. Raúl Ortiz

Sevilla. Terapia on line