La envidia es el precio que tienes que pagar por tener todo lo demás

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Siempre pensé que la emoción más negativa llevada al extremo es a CULPA, la culpa, la temible y terrible culpa. Aquello de “¿quién ha sido?”, “mira que te o dije” o “cómo se te ocurre?”

Culpa para liberarnos de responsabilidades propias y volcarlas sobre el prójimo;  culpa para manipular, para hacer con el de en frente lo que nos place, para dar órdenes, para someter… Culpa que paraliza, que inhibe, que rompe y rasga el sentido común; culpa que entristece, que lastima, que preocupa al que la sufre…

Sí. La culpa es una de las emociones más negativas que puede llegar a experimentar el ser humano, pero quizá esté a la misma altura que la ENVIDIA. Observo a mi alrededor, en mi vida, en las personas que tengo delante, en la calle, en las sesiones, en televisión, en las familias… manchas de envidia enturbian las comidas, las conversaciones, las fiestas, las celebraciones… manchan los abrazos, las sonrisas, los buenos sentimientos el amor, la libertad…

Envidia de aquél que tiene lo que yo deseo, envidia de la juventud, envidia del cariño, envidia de la propiedad, envidia de lo material e incluso de lo espiritual. Envidia cochina, ahora sí entiendo el sentido de esta expresión en toda su amplitud. Cochina, sucia, hostil, hiriente… DOLOROSA envidia, veneno para el alma, estacas para el corazón.

Lo verdaderamente triste de esta emoción es que el que envidia, no admira, no valora, no busca alcanzar el reto, parecerse a aquél a quien admira. No pretende acercarse, no puede abrir sus brazos, no es capaz de ver el cariño que el envidiado puede incluso proporcionarle saltándose por alto las barreras del dolor que le provoca el envidioso. Sientes que no importa qué hagas ni por qué, el envidioso ya te envidia y el camino es irreversible.

No puedes intentar acercarte, ni hablarle con buenas palabras, ni negociar, ni hacer entender… solo puedes aguantar y alejarte (si te es posible, esto no sucede siempre) de alguien así. Tu acercamiento solo sirve para que el envidioso crezca y se haga grande porque su monstruo se alimenta cada vez más de tus buenas intenciones.

El envidioso sufre, arde por dentro, se contamina; piensa mal de todo y de todos, encontrará siempre un motivo para la crítica, la indignación e incluso la victimización. El envidioso espía, controla, te desafía y además se empeña fervientemente en hacértelo saber. Intenta despreciarte, no hacer caso a tus logros, menospreciar cualquier labor. No te alaba, te mira de arriba abajo; no te felicita, te critica por no haberlo hecho antes; no desea que le expliques como puede ser como tú, prefiere intentar que estropees lo que eres para convertirte en alguien como él. Sufre, sufre muchísimo, sufre porque no lo logra, porque si el envidiado es fuerte, en el fondo sabe que nunca caerá… y eso le consume, le llena de ira… Se nos pide que nos pongamos en el lugar del envidioso, que seamos empáticos, y entendamos que al igual que el CELOSO (emociones de la mano)es una persona insegura, falta de recursos, un pobre alma infeliz que necesita ser entendido y atendido. Se nos pide “no se lo tengas en cuenta” “tu haz oídos sordos”… y lo intentamos una y otra vez pero cuesta… cuesta mucho.

¿Qué hay del envidiado? Siente que nunca tendrá la aceptación de aquél que le envidia. El envidiado no elige serlo, no tiene la culpa de serlo, no hace nada para ganar este puesto. El envidiado a veces quiere al envidioso, lo intenta, lucha por eliminar cualquier rastro de esta sensación, es más, en ocasiones llega a menospreciar su propio talento, a bajar en cualidades ante el que envidia sólo para evitar más descargas de envidia sobre su persona. Lastimosamente el envidiado no puede hacer absolutamente nada para dejar de serlo. La única opción es aprender a vivir con ello y superar ese dolor que entra en el pecho cuando sientes que verdaderamente no mereces lo que te está pasando: que tu mejor amigo, tu compañera de trabajo, tu hermana, cualquier familiar, ese al que tanto quieres en el fondo te desprecia con su envidia.

Pero lo verdaderamente importante de esto es que para curar el mal de la envidia has de aceptar que lo padeces, y al envidioso le costará mucho reconocerlo, pues sería abrir las puertas de su alma y hacerse cargo de sus inseguridades y frustraciones propias.

Para el que la siente:

Libérate de la envidia, no mereces vivir tras esa cárcel que cada vez haces más fuerte, cuando envidias pones un muro alrededor, evitas el calor, el acercamiento de los demás. Tu envidia se alimenta de rechazo y éste te provocará más envidia.

Para aquél que la padece:

Todo tiene un lado bueno y uno malo, no hay dolor sin placer ni domingos sin lunes. Sin sentir tristeza, no habría felicidad, y para lograr sentir el placer de la risa has de saber qué se siente cuando lloras.
No hay realidad fácil, ni destino redactado para cada uno de nosotros, no hay vida sin problemas ni noches que nunca acaban…
Todo lo que te gusta, tiene algo que falla, o que no funciona, o sencillamente puede ser que no sea eterno.
Tal vez, sentirte envidiado te hace frustrarte, o estar mal… pero si le das la vuelta puede que descubras que tan sólo es el precio que tienes que pagar por ser alguien especial.